Caprichosas

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Estamos educados culturalmente de formas distintas según los estándares de género en la sociedad en la que vivimos. A los varones se les permiten y refuerzan determinadas conductas, actitudes, ideas, con mucha frecuencia opuestas a las  que se favorecen en las mujeres. La polarización de hombres y mujeres genera distancia, dolor y conflictos que difícilmente se resolverán si continuamos creyendo y promoviendo ideas tipo “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus”.

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Uno de estos estereotipos de género corresponde al adjetivo: caprichosa.

En la búsqueda de descripciones para una persona caprichosa encontré muchas referencias hacia la conducta de los niños de entre los 2 y 4 años. Cuando manifiestan actitudes, ideas o conductas y aparentemente de la nada  cambian y no hay explicación que valga para hacerlos entrar en razón. También se asocia a reacciones impulsivas o poco reflexionadas, como comprar algo innecesario.

Comportarse de manera caprichosa visto desde esta óptica, no pertenece solamente al género femenino y puede implicar el no saber expresar lo que necesitamos. Lo cual hace sentido en los primeros años de nuestra vida, cuando contamos con menos recursos emocionales y verbales; sin embargo llegando a la adolescencia y a la edad adulta, si es nuestra responsabilidad desarrollar nuestras capacidades de autoconocimiento, autoconciencia y expresión de necesidades emocionales.

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No hay posibilidad de sentirnos plenos si vamos por la vida tomando acción cuando ni nosotros sabemos qué sentimos o con quién lo sentimos y qué lo detona Situación que se tornará confusa para nosotros y para los otros.

El querer que las cosas sucedan en el momento y no atender a las razones que nos dan o el no encontrar de forma individual alternativas eficientes para expresar lo que sentimos, es otra de las complicaciones que podemos encontrar al mostrarnos “caprichosas”.

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¿Realmente soy caprichosa?

Cumplirse a sí mismo un antojo ocasionalmente sin que dañe a nadie  no implica que lo seas. Adoptar una postura en donde nos consientan, en donde podemos interactuar con el otro tampoco es ser caprichosa, pero mantener una postura inflexible, donde no le doy espacio a nada que no sea yo, tipo “no voy a ceder” “sígueme insistiendo” “no hasta que me convenzas” etc. Allí si hay capricho.

 

Las ventajas que pudiera tener el ser caprichosas en las relaciones interpersonales son muy pocas.

De forma individual podemos aprovechas estas dificultades para trabajar el autoconocimiento. ¿Cuáles son los “disparadores” que comúnmente generan esto?,  ¿Cómo se llama lo que siento?, ¿Me desespero ante qué?, ¿Me siento impaciente cuándo?, ¿Soy capaz de expresar lo que siento cuando llego a un punto de intensidad emocional determinado? ¿Qué es lo que me funciona para frenar mi actitud o comportamiento? Comprender mi emoción me ayudara a modificar aquello que no me está funcionando. Si los caprichos se me cumplen y no generan conflicto… ya es otra historia.

 
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Texto por: Dra. Nadia Campos.
Psicoterapeuta Relacional.
 
Producción:América Luna
Fotógrafo: Emanuel Hidalgo
Stylist: Roberto Coss
Maquillaje: Danela de la Vega
Peinado: César Bauthi & sharon Soto
Asistente Foto y Producción de BTS: Cristian Hidalgo & Braulio Hidalgo
 

Envidiosas

Por: DRA. NADIA OCAMPO

 

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Somos envidios@s cuando sentimos una combinación de tristeza, añoranza y enojo por no poseer algo que deseamos y que vemos que otro tiene. Provocando una sensación de malestar.

Este sentimiento es natural en el ser humano como lo apuntaba Lacan en su célebre frase: “El deseo es el deseo del otro”; deseamos lo que el otro tiene, sea o no lo que necesitamos. La envidia, además, es fuertemente impulsada por la cultura, donde competimos con los otros y no con nuestros propios logros.  El efecto negativo que tiene el ser envidioso radica justo en eso, impide nuestra capacidad de valorar y disfrutar de los logros propios al estar mirando hacia afuera.

Coloquialmente podemos equiparar envidia con los celos al referirnos a una relación interpersonal, pero técnicamente no son lo mismo. La envidia está ligada a los acontecimientos u objetos que posee otra persona.

Una persona envidiosa siente el impulso de quitarle o dañar lo que el otro tiene, generándole emociones displacenteras, lo podemos ver en los pequeños en edad preescolar, al arrebatarle el juguete o el dulce al compañero, por el hecho de que el otro tiene y él no. En este ejemplo no existe el deseo de mejorar mi posición, sino que deseo que el otro no tenga lo que me provoca envidia, deseo que lo pierda o que le vaya mal. Este tipo de envidia con frecuencia se niega ante uno mismo y ante los otros.

Desde la época griega se habla del daño que hace la envidia y que ha llevado hasta la superstición. El envidiado puede sufrir de “mal de ojo” al ser receptor de esos sentimientos negativos. A la par se han desarrollado estrategias para evitar ser objeto de envidia y que me hagan “mal de ojo” como el uso de amuletos.

Por otro lado, la “envidia de la buena”, es una expresión que usamos para reconocer nuestro agrado por el logro o posesión de la otra persona, sin que nos ocasione sentimientos de frustración o tristeza. Es similar a reconocer que me agradaría que me sucediera lo que el otro está viviendo, por ejemplo: “Mi amiga acaba de viajar por el mundo y la pasó genial, me da envidia, espero algún día poder hacerlo”.

La “envidia de la buena” podría ser también un mecanismo de motivación que nos impulse a lograr nuestros objetivos, al permitirnos comparar lo que tenemos con lo que nos gustaría obtener.

Para que la envidia sea generativa y no destructiva, debemos aprender a identificar nuestras emociones, necesidades y deseos, tarea nada fácil, pero no imposible. Es uno de los aprendizajes que se puede obtener asistiendo a psicoterapia.

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Vestido: Benito Santos @BenitoSantosOficial, Aretes: Daniela Millán @dmillandesigns.

Pantalon: Pattan Chris & Rob @Pattancr

Collar: Thalatha @Thalathajeweelry

Anillo: Fernando Rodríguez @Fernandorodriguezdesingn

Blusa: Iván Ávalos @Ivankavalos

Miedosa

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El miedo es una de las cuatro emociones básicas, junto con la ira, la alegría y la tristeza. Desde mi punto de vista, es una de las emociones más interesantes. Pues está presente en casi todos los seres vivos y tiene el potencial para complicar las relaciones entre los humanos.

La función del miedo es alertarnos del peligro real o imaginario y así movilizar nuestros recursos para salir de la situación que se considera amenazante. 

Ante una situación que consideremos peligrosa para nuestra integridad física o psíquica tenemos 2 opciones de respuesta: huir o atacar. Existen estudios que sugieren que genéticamente estamos predispuestos a usar un tipo de respuesta sobre la otra.

Se  considera a una persona como miedosa cuando percibe peligro constante ante situaciones poco amenazantes o incomprensibles a los ojos de los demás. Existen todo tipo de miedos, miedo al abandono, a volar, a las aves, etc.  Incluso ante situaciones deseables como la cercanía emocional (eso tal vez lo hablemos en otra ocasión).

Al ser una emoción que moviliza nuestros recursos, el miedo puede ser nuestro mejor amigo, alejándonos de aquello que nos amenaza. Por otro lado, considerando que nuestro entorno sociocultural promueve el estado de alerta constante al favorecer la individualidad sobre los valores comunitarios, más lo aprendido en la familia (solo tú familia te quiere, somos los únicos incondicionales), más nuestra parte personal que nos alienta a estar híper alertas, logramos llegar a un punto en que la amenaza es el miedo en sí. Nuestro cerebro al vivir en estado de alerta genera niveles de cortisol y a la larga esto produce muerte neuronal, resistencia a bajar de peso, inflamación silenciosa, entre otras cosas.

Las personas miedosas, dentro de las relaciones, pueden movilizar en los otros temporalmente la sensación de vulnerabilidad, la necesidad de protegerlas. Esto es complicado, ya que se disminuye la sensación de autoeficacia, la cual está estrechamente ligada a la percepción de valía personal, al indicarte que eres capaz de resolver los problemas que tienes que enfrentar. Así que ojo si el miedo te moviliza del lado de la dependencia o te sientes inmovilizada ante la situación recuerda que la función principal es alertarnos para conservar nuestra integridad.

Considerando que los miedos que nos complican la existencia son los que resultan ser incomprensibles y complejos, vale la pena analizar de dónde vienen y si están conectados con la persona y/o situación real.

Las ventajas de ser miedosa pueden incluir el mejorar tus habilidades en la toma de decisiones al permitirte evaluar diversas vías de escape (alternativas de resolución).

Las personas miedosas podrían aprovechar la situación para alejarse rápidamente de situaciones y personas que amenacen su integridad física o emocional.

No luches con el miedo, hazle caso, evalúa y actúa en consecuencia.

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Texto:  DRA. Nadia Ocampo
Editorial: Geometría FW18
Diseñadora: Laura Arrieta.
Fotografía: Luis Linares
Director: Julio Murguía
Director de arte: Machuka
Estilismo: Jairo Cobian
Cabello: Delia Jiménez
Asistente: Antonio Viayra.
Modelo: Alejandra Velasco
 
 
 

Posesivas

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La posesividad implica una suposición de pertenencia, se expresa mediante creencias dominantes y autoritarias que inundan los comportamientos y que con frecuencia asfixian las relaciones hasta matarlas.

Nos enseñan desde pequeños que las relaciones interpersonales cercanas implican poseer y/o pertenecer al otro. Esto se aplica en distintos sistemas relacionales “mis amigos, mi pareja, mis hijos”. Lo que no nos dicen es que esto puede darse por un periodo corto de tiempo, pero si se prolonga a lo largo de la historia de la relación provocara daños en mí y en los otros.

La posesividad puede iniciar en edades tempranas: recibo niños con “malestar significativo y/o supuestos problemas de adaptación” debido a que “no tienen un mejor amigo o en su defecto, este, le habla a otros y me siento mal por eso”.  Parejas que consideran que si está conmigo “debería elegirme sobre todos los demás” ¿Cómo prefiere irse con sus amigos?  Las personas posesivas sufren y generan malestar en quien los rodean.

Toda relación según la psicoterapia relacional se conforma de tres partes, el YO, EL TÚ Y EL NOSOTROS. Estos elementos, según se organicen conformaran una relación más o menos nutricia. En especial en las relaciones de pareja debido a nuestra construcción de enamoramiento INICIALMENTE la posesividad se manifiesta con deseos intensos de incorporar al otro a “mi” esto puede o no contener la idea de que “somos uno mismo” la desilusión pronto llegara, pues resulta que no lo somos. Me vínculo con otros que necesitan, sienten y piensan cosas distintas a mí y no puedo mimetizarme con ellos.

Las personas posesivas sufren al no sentirse lo suficientemente queridas en las relaciones y hacen sufrir al faltarles al respeto a los otros minimizando sus acciones. El mensaje sería algo como “lo que estoy recibiendo de ti no me es suficiente, no alcanza”.

Como propuesta alternativa a la posesividad tenemos el APRENDER A AMAR SIN APREHENDER.

Como mamíferos que somos necesitamos sentir apego (bien entendido) en nuestras relaciones. Esto significa que pertenezco a un sistema que colabora conmigo apoyándome y mostrándome su afecto.

Si logro vincularme a ese nivel sentiré la seguridad de que el otro está allí para mí, apreciándome por quien soy y porque quiere estar a mi lado, sin sentirme constantemente amenazad@ por la idea de que me abandonen.

Poseer al otro de manera nutricia implicaría considerarlo como parte de mí, incorporándolo a mi experiencia, por lo que no lo lastimaría pues al hacerlo me daño. Mostrar afecto y respeto por el otro sea la relación que sea aumentara mis posibilidades de que quiera estar a mi lado vs el intentar controlarlo y poseerlo que me dejara constantemente una sensación de alerta, falta de afecto, irrespetad@ y  vací@.

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Fotografía: Alejandro Salinas
Styling: Ricci Fuentes
Make up: Andy Alexis Jiménez
Modelo: Luana Cassola

Dra. Nadia Ocampo

Glotonas

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Por Nadia Ocampo / psicoterapeuta relacional

Comer por antojo o placer aún sin hambre es una actividad que en esta época hacemos tanto hombres como mujeres, sin embargo la glotonería está más asociada a la mujer. Esto tiene explicación biológica y cultural.

Biológicamente, en las mujeres se activa más fácilmente el sistema de recompensa con elementos básicos como comida, agua y sexo; estos elementos activan los receptores de placer y el deseo de ser recompensada. Independientemente del sexo, cualquier persona con problemas adictivos modificará el funcionamiento de su sistema de recompensas.

Ahora, mientras que los varones muestran más compulsión hacia actividades como el juego y el consumo de sustancias, las mujeres padecen más la ingesta compulsiva de alimentos. Esto posiblemente está asociado a que nuestro rol de género, especialmente en la variante de “cuidadoras”, nos pone en constante lucha entre nuestras necesidades y las necesidades de los otros, nuestros deseos y los de los otros. Y la comida es el vehículo ideal para simular esta lucha entre lo permitido y lo prohibido, entre lo que debo y lo que no debo.

Así, cuando estamos sintiendo intensamente una emoción que nos es poco agradable como la frustración, el rechazo o la tristeza, optamos por transformarlo en comida y premiarnos o castigarnos según la “necesidad”. Por ejemplo: “Estoy muy cansada, siento que no me valoran en el trabajo… se me antoja un chocolate ¿Y por qué no comerlo? ¡Lo merezco! En ese momento entramos en una lógica (ilógica) donde la comida pierde su función principal y se implica en un juego emocional que puede resultarnos doloroso y peligroso.

Sucumbir a un antojo suele ser muy sano si lo sabemos identificar. Existen tres sensaciones que nos ayudarán a identificar cuándo debemos o no seguir nuestro instinto glotón: hambre, antojo y ganas de comer.

Cuando sentimos hambre, normalmente la sensación fisiológica que la acompaña es clara, además, por lo general ya pasaron más de cuatro horas después de nuestra última comida.  Si lo que siento es antojo, quiero consumir un alimento, sabor o textura en particular, y si no encuentro eso a la mano, no cubriré mi antojo. Mientras que cuando lo que sentimos son ganas de comer,  no identificamos un antojo específico, queremos algo que nos haga sentir mejor de cómo nos estamos sintiendo ahora, creemos que con eso nuestra sensación se “calmara; y puede ser cierto un poco, pero no por siempre y no necesariamente tiene que ver con lo que comas. Es más, las cosas se pueden poner peor, pues después de consumir algo adecuado, la sensación de culpa, frustración y fracaso pueden golpearnos con fuerza.

“Si me lo permito puedo renunciar a ello, si no, será irrenunciable”. Tener un comportamiento glotón en un momento o día específico no le hace mal a nadie, trabaja en la gestión de tus emociones y aprende a decidir respetando lo que sientes y respetandote a ti en todos tus actos.  Si la glotonería toca a tu puerta ten presente algunas opciones intermedias que te ayudarán a tomar una decisión.  Te dejo esta pregunta como ejercicio:

¿Cuál sería una elección de alimento que me deje satisfecha y que sea intermedia entre la rebanada de pastel o fruta como postre?

Disfruta de las fiestas y de lo que ellas ofrecen más allá de la comida: amigos, contextos, nuevas relaciones. Y lo más importante: come lo que quieras, queriéndote a ti primero. 

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