Hombres de muchas flores

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La fidelidad o deseo de permanencia con una sola pareja sentimental depende de varios factores. El cultural es muy determinante, también lo es el nivel de testosterona de cada individuo y su edad, que también entra en juego.

A mayor nivel de testosterona, mayor impulso animal y menos sencillo es contener el impulso sexual y por lo tanto permanecer fiel. Y recordando lo que es atávico a la condición humana y que es el instinto de procreación, pues diríamos que es ‘natural’ que el macho ande siempre buscando, aún inconscientemente, dónde depositar su semilla.

Ahora bien, en la historia de la humanidad los infieles no han sido solamente los hombres, también lo han sido las mujeres, sin embargo se les restringía (aún pasa en algunos países) de una manera cruel el ejercicio de su sexualidad y la potestad sobre su propio cuerpo. Ahora que las cosas han cambiado vemos que el porcentaje de infieles es prácticamente el mismo.

La mujer tal vez buscando reconocimiento a su belleza, amor y reafirmándose como dueña de su cuerpo y sus impulsos, se ha lanzado abiertamente al juego sexual, sin barreras y al margen de la moralidad, moralidad que incluso la misma iglesia se ha encargado de devaluar con el comportamiento de sus propios oficiantes.

Toda esta disertación no responde a la pregunta que da pie a este artículo (¿Qué piensan los hombres de la infidelidad?), porque dicha respuesta es tan sencilla que el artículo tendría cuando mucho dos líneas, así que daremos unas vueltas más sobre el tema para que dicha respuesta tenga sustento en el intelecto del lector.

Cuando una pareja se encuentra bien sexualmente, cuando la calidad orgásmica de la relación es elevada, se experimenta una derrama de la hormona oxitocina y esto determina de manera inmediata el desear volver a estar con esa persona y conservarla como pareja. Se dice que la oxitocina es la hormona de la “pertenencia”, nos sentimos parte de esa otra persona y no deseamos dejarla. Ahora bien, en la mayoría de los casos no se encuentra una constancia en esa derrama hormonal por las vicisitudes de la vida cotidiana y ese lazo comienza a diluirse, ahí es cuando la adicción a ese estado de excitación sexual y amoroso nos hace presa y podemos sintonizar con un tercero que anda en busca de lo mismo: “Salir del aburrimiento, darse un respiro, volver a sentir”.

Los hombres decimos que tenemos la edad de la piel que acariciamos. Cada quien decide hasta dónde juega, sabiendo lo que arriesga, pero el impulso está ahí, existe y es un absurdo negarlo. Es muy energizante beber el néctar de varias flores, siempre y cuando estemos dispuestos a pagar el precio.

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