LAS ISLAS GRIEGAS, PARAÍSOS CAUTIVADORES

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De la poesía de Kavafis aprendí que lo más importante en esta vida es el viaje, sin temer a los cíclopes y lestrigones, ni al colérico Posidonas; hay que llegar a Ítaca lleno de experiencias y sabiduría.

Comencé a viajar sola a mis veintidós, justo después de la muerte de mi padre: un heleno mexicano con espíritu al estilo Zorba, el griego.

Mi padre tenía algo de razón en que no saliera sola de viaje aunque con el tiempo aprendí a sortear el canto de las sirenas, pues también las mujeres podemos caer hechizadas ante los encantos de algunos hombres.

Se preguntarán porque hablo de las sirenas y su canto. Cuando Odiseo (Ulises), el héroe de La Ilíada de Homero, venía de haber peleado en la Guerra de Troya, en su largo naufragio para volver a los brazos de Penélope, sabía que tenía que pasar por una isla donde el canto de las sirenas podría seducir a los marineros que les escucharan.

Ulises quiso arriesgarse a escuchar el canto de las sirenas pero se hizo amarrar a uno de los mástiles del barco sin taparse los oídos y ordenó a los marineros que se cubrieran los oídos cuando pasaran por la isla de las sirenas. Dicen que Odiseo enloqueció al escuchar el canto de las sirenas pero estar amarrado le impidió saltar del barco para llegar hacia ellas.

Como Odiseo también he sorteado la vida y sus tentaciones, con cierto estoicismo aunque mi espíritu se incline por el hedonismo; la parte que heredé de griega o helena es que la trashumancia forma parte de mi modus vivendi.

Resultado de imagen para ISLAS GRIEGASEl año dos mil diecisiete fue la fecha que decidí abandonar mi lugar de origen: Guadalajara. Renuncié a mis bienes materiales intercambiándolos por euros y así  poder embarcarme a un naufragio voluntario para rescatar mi espíritu de la confusión por el canto del caos, las sirenas y una crucifixión voluntaria que me ha llevado a bajar finalmente de la cruz antes de los treinta y tres.

Compré un boleto con destino a Atenas para volver a aprender de sus sabios; emprendí mi tercer visita a la Hélade (tierra del abuelo Lambros) y una vez ahí decidí volar a otras tierras cercanas: España, Portugal e Italia.

Arribando a Roma, la capital italiana, tomé un tren con destino a Reggio Calabria para ir a visitar a mi amigo Giovanni Nostro, un calabrés siciliano que se siente más mexicano de lo que a mi me tocó en la repartición de mexicanidad.

Giovanni insistió que fuera a Sicilia porque en Reggio no hay mucho por hacer  pero tenía miedo porque ahí nació Vito Corleone, el capo más grande de la mafia inmortalizado en la novela de Mario Puzzo y en la trilogía de Francis Ford Coppola.

Eran las ocho de la mañana de un viernes soleado de agosto en Reggio Calabria, allá en la punta de la bota de Italia.  La resolana ya golpeaba mis pantorrillas mientras caminaba, el sudor en todo mi cuerpo se hacía presente a pesar de recién haber tomado una ducha en casa de Giovanni.

Un ligero destello de viento apareció ante el sofocante calor de aquella mañana y me condujo hacia unas personas que caminaban en dirección contraria a la mía, me detuve a preguntarles en mi escaso italiano: “Mi scusi signora, ¿dove è il porto?

La señora amablemente respondió: “Tutto diretto” al momento que señalaba con su mano que el puerto estaba en esa dirección. Continué caminando todo derecho porque entendí que el puerto estaba por allá.  Le grité mientras caminaba: “Molto grazie, quanto è gentile con me”.

Ya en el puerto me puse a leer y tratar de comprender lo que estaba escrito en los letreros de las diferentes líneas de ferris, entendí que había salidas desde Reggio a Messina, Sicilia cada media hora.

Me acerqué a la taquilla y pedí un boleto para “il prossimo a Sicilia”. No sabía si hablaba correctamente el alegre idioma pero en días previos entendí que a los italianos no les gusta que les hables en inglés, prefieren que te esfuerces en hablar su idioma o que hables el tuyo, sobre todo si es castellano que por ser lengua romance es más fácil que te entiendan.

Pagué tres euros con cincuenta centavos y me embarqué a Sicilia, con la sonrisa de una viajante primeriza que se acompaña de una mochila al hombro, algunos euros en el bolsillo y mi inseparable cámara.

Mientras el ferri se preparaba para salir, saqué una libreta donde tenía escritos los lugares que previamente investigué para conocer dentro de la isla pero en los respaldos de cada asiento había una revista de Sicilia y sus atractivos turísticos. Me distraje leyendo la revista mientras el  ferri zarpaba rápidamente sobre el estrecho de Messina pues el trayecto dura media hora; quise contemplar mi llegada como cualquier viajante de barco pero la bruma sobre la mar era tal que las ventanas permanecieron empañadas todo el trayecto, tan parecido a contemplar una fotografía fuera de foco en movimiento. Me sentí en una película italiana cuando el barco se detiene en Nueva York y todos gritan: “América!” Pero en este caso era yo arribando a tierra siciliana, parecía una americana descubriendo Europa mientras pisaba Messina, la ciudad siciliana que se alcanza a ver desde Reggio Calabria cuando el volcán sobre el mar, el Stromboli, se aquieta y despeja el paisaje.

Corrí a buscar la estación de tren, por fortuna estaba a unos metros cruzando el puerto de Messina. Me percaté de burlar un paso prohibido cuando un policía me gritó no sé qué cosas.

Entré a la estación de tren, busqué la taquilla y estaba llena, también observé que había máquinas Resultado de imagen para ISLAS GRIEGASdispensadoras de boletos de tren. Volví al viejo ejercicio de entender todo por mi cuenta y como la Madonna me dio a entender compré un boleto con destino a Palermo por catorce euros.

Buscando el anden me di cuenta que el tren partía dentro de pocos minutos y corrí en dirección al andén número cinco. Subí al tren, acomodé mi escaso equipaje y anunciaron la partida del tren, puntual salida con destino a Palermo.

Navegaba sobre las vías del tren en la isla de la Trinacria, le conocen así por su forma triangular y porque los griegos la llamaban Sikelia.

Imaginaba la capital siciliana de Palermo, llena de historias de mafia y películas de Coppola y Scorsese.

Estación tras estación comprendí que el sur también existe, que tanto en México como en Italia el sur está dotado de algo que hace la diferencia y que el uruguayo Mario Benedetti inmortalizó en su poema: “pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces es donde la memoria ningún recuerdo omite y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

Llegué a Palermo, capital de Sicilia, a las catorce horas del viernes cuatro de agosto del dos mil diecisiete.

Saro (Rosario) me esperaba en el apartamento de un AirBNB y yo no sabía donde quedaba el hospedaje pero con lo poco de internet que tenía en un chip Vodafone me ayudé a llegar al que sería mi hogar durante los dos siguientes días. Bendito Google Maps!

Tomé un autobús donde convergen todas las razas y aromas del mundo, sentí Babel durante el corto trayecto de la terminal de trenes a donde me indicaba la aplicación con acento de hombre español que debía bajarme; caminé algunos metros para encontrar la Vía Enrico Amari, y llegué al número de la finca. Toqué el timbre, el portón eléctrico se abrió, subí unas preciosas escaleras de concreto con mosaico donde rebotaba la luz de la tarde sobre el pasamanos y se dibujaba la profundidad hacia el techo del edificio; un hombre de largo cabello abrió la puerta del apartamento del tercer piso, le dije alegremente: “Busco a Rosario” y respondió: “Yo soy Rosario, Saro”.

Saro me mostró mi habitación y preguntó que si había comido, acepté gustosa pasta a la carbonara que recién había cocinado; mientras comíamos me enseñaba todos los lugares interesantes de Sicilia desde su computadora. Después de la comida hice una ligera siesta obligada pues el verano europeo se vuelve una experiencia extrema y el siroco (viento que viene de África) vuelve a los países mediterráneos aun más calientes de lo habitual, así que lo ideal es salir después de las cinco o seis de la tarde.

Salí a caminar Palermo, descubriendo sus callejones y caminando principalmente la vía Vittorio Emmanuelle.

Encontré la glorieta donde se ubica la estación de trenes y de autobuses, me sentí timada por haber tomado el autobús pero me dije que caminando y anotando las calles en el mapa podría hacer mi itinerario para evitar gastar en transporte.

Me detuve en una tienda de pakistaníes y compré agua mineral, quise preguntar por la catedral pero preferí pagar e irme, me pareció más interesante perderme para volverme a encontrar entre aquellas calles aún desconocidas para mi.

“La calle es de quien la camina”, me dije una vez fotografiando el gran escenario urbano y de esa misma forma descubrí Palermo, lleno de folklor y clase, lleno de arte y abandono, con gitanos de Rumania que gritaban algo cuando cargaba la cámara en mano, encontrando a diestra la Piazza Pretoria y su fontana de la Vergoña donde alguien filmaba una secuencia de unos novios antes de entrar a su boda. Esto me hizo sentir en una secuencia de alguna película italiana, como si Paolo Sorrentino dirigiera La grande belleza y yo fuera Pepp Gambardella.

El ultimo atisbo de la tarde caía sobre Palermo y la ciudad respiraba un aire fresco que me abría el apetito, encontré un restaurante y recordé que Giovanni dijo: “Come Arancina, la comida siciliana te va a gustar”, y en ese lugar pedí dos arancinas rellenas de carne molida y una cerveza Peroni mientras se escuchaba a unos pasos alguien que cantaba: “Volaré, oh, oh, cantaré… nel blu di pinto di blu”. Un hombre intentaba imitar a Domenico Modugno y sonreía mientras alzaba mi copa para mi, por haber llegado sabiamente a la isla más grande del Mediterráneo.

Pagué la cuenta y continué caminando de regreso a mi habitación, según el contador de pasos ya llevaba diez kilómetros de trayecto. La noche refrescaba y la atmósfera de la ciudad comenzaba a cambiar conforme se encendían las luces de los restaurantes a pie de calle. Llegué a mi habitación como si hubiera regresado de un naufragio y me perdí en lo profundo del sueño.

Amanecía en Palermo, el  sábado se metía por la ventana de mi habitación y develaba el ritmo de los pasos de los palermitanos, su peculiar forma de exclamar moviendo las manos apretando el pulgar, el índice y el medio, una sinfonía de grito y gesticulación en cada movimiento.

Me dirigí a explorar la calle, era buen tiempo y todavía se sentía fresca la mañana,  pero a unos pasos ya estaba escurriéndome nuevamente. Me detuve a beber un cappuccino, de pie en la barra, como se acostumbra en Italia. En una de las agencias de viajes pregunté como llegar al mercado de Palermo y moví mis pasos guiándome por el olfato. Ahí estaba el gran espectáculo: un tianguis lleno de vendimia como los que uno se encuentra en México solo que aquí en Palermo encuentras pez espada, aceitunas y berenjenas. Un hombre gritaba: Grattatella, grattatella! Sebastiano Arnone raspaba hielo con un artefacto de acero inoxidable, tenía un carrito con sombra donde tenía botellas de cristal con todos los sabores dulces para acompañar al hielo raspado: era la misma imagen de un vendedor de raspados. Me detuve a degustar una gratatella de arancia mientras me cubría del sol ensordecedor, terminé de refrescarme y continué mi caminata.

Erróneamente me metí a deambular por un barrio de esos que me hacen suspirar, lleno de ruinas urbanas y grafiti de calidad pero para mi desgracia lleno de inmigrantes que me veían como carnada perfecta con mi cámara. Un palermitano me gritó algo y me hizo la seña de acercarme, se veía un hombre amable y me pidió que me fuera porque con esa cámara y ese look de viajera alternativa no iba a pasar de una cuadra, me acompañó hasta la calle más segura. Seguí mi instinto y caminé hasta llegar a la Capilla Palatina, un impresionante edificio arquitectónico que combina lo morisco, lo bizantino y lo romano, además de haber albergado una maravillosa exposición temporal sobre el Novecento pictórico.

Con el mismo ímpetu que comencé el viaje, el calor intensificado del siroco comenzó a quitarme energía. Fui en busca de comida y cerveza para después refugiarme en el impresionante Teatro Massimo, donde de antemano sabía que el aire acondicionado me iba a dar el respiro que necesitaba. Después de una hora de recorrido dentro del teatro, los turistas chinos se convierten en los especialistas de hacerse todos los selfies que sean necesarios para modelar como muñecos del internet e irrumpen en tu fotografiar a solas un espacio tan emblemático que sería un mejor lugar para fotografiar sin personas.

Sentí el eco de Maria Callas, llegaba a mis oídos en manera de canto y me pedía marcharme a descansar; salí del teatro y caminé hasta mi habitación. Ya no sabía qué más ver en Palermo porque lo había caminado casi todo pero al día siguiente tenía que abandonarme a un lugar más tranquilo: la playa.

Esa misma noche reservé un lugar en Marsala, un pueblo con mar a dos horas de distancia de Palermo, famoso por su vino y sus salinas que tienen todo el elixir de la juventud. Dormí con la certeza de que mi domingo estaría más cerca del mar, finalmente mis pies conocerían el mar de Sicilia.

Abandoné la casa de Saro a las siete de la mañana, su abrazo que recién despertaba salió a despedirme antes de que me dejara el autobús.

Caminé por las calles de Palermo buscando los horarios de autobús en los carteles pero antes hice mi última voluntad: volver a caminar por la Plaza Pretoria antes de encaminarme a mi siguiente destino.

Parecía que los Dioses me tenían una sorpresa, llegué a las siete con treinta y las campanadas aguardaron a que pudiera subirme a las escaleras, saqué mi cámara y grabé un plano secuencia cuando las campanadas comenzaron a escucharse entre la inmensa soledad de la plaza; parecía que las esculturas dentro de la fuente Pretoria posaran desnudas para mi, sin la vergüenza que las monjas les profirieron por andar desnudas, con el éxtasis de la mañana. Fue el trance de quince minutos más bello de una mañana de verano, la plaza fue mía y yo de ella, esbocé una sonrisa para despedirme de la capital palermitana.

En Marsala me esperaban Antonietta Fortunato y su familia, unos italianos que se daban a entender por What´s App. Alcancé a entender que iban a recogerme a la terminal de autobuses.

El camión avanzaba, contemplé desde la ventana los paisajes tan similares a México, me sentí tan cerca y tan lejos de casa pero con esas ganas de seguir sin extrañar la comida, el paisaje y la familia.

Llegando a Marsala bajé del autobús, no encontré una central, era la calle la terminal de autobuses y una voz me gritó: “Dánae!” Volteé y encontré a mis espaldas una bella familia que venía a darme la bienvenida.

Subí con ellos a una camioneta, me hicieron todo tipo de preguntas en italiano a las cuales entendí sin dudar. Giovanny, el marido de Antonietta, me enseñaba las calles de Marsala desde el auto y me decía los nombres, lo que podría encontrar en cada callejón del pequeño pueblo con mar; pasamos por una bodega de vinos en frente del mar y me señaló que ahí era donde vendían el mejor vino de Marsala.

Llegamos al AirBnb, sugirieron que les acompañara a la playa y de inmediato acepté; corrí al baño a arreglarme y salí con el traje de baño bajo la ropa. Nos fuimos como una familia que acababa de recibir a la hija la mayor, esa sensación me dio estar con aquella familia que me invitó a comer un panino y me dio soda italiana mientras posaba mis pies al sol para que el mar besara mis pies.

Se unieron los amigos y comenzaron a hacer preguntas sobre México. Giovanny y Antonietta ya se habían encargado de contarles mi largo periplo por cuatro países antes de llegar a la isla. Estaban tan contentos que abrieron el café espresso a la granita, una especie de café frappé que era un manjar ante semejante clima. Compartieron el café y todos bebimos mientras se reían cuando alguno me enseñaba a decir malas palabras y a usar las manos para hablar como siciliana.

Volvimos a casa al atardecer, me explicaron que había un recorrido por tres islas con un tal señor Antonio y su esposa Giuseppa. No dudé ni un minuto cuando me explicaron, pedí que les llamaran para conseguir un lugar en la excursión.

Al día siguiente, muy temprano, Antonio y Giuseppa iban a esperarme en el puerto. Llegué puntual a la cita y no veía ni un alma en el lugar. De repente apareció un auto rojo preguntando: “Sei Dánae? “ Respondí afirmando con la cabeza. Subí al auto y me llevaron a un pequeño barco donde estábamos toda la tripulación alistándose. El capitán Antonio rió al verme y pregunté el por qué.

Dijo que Antonietta le pidió que cuidara mucho a la niña que había enviado y al verme no pude evitar la carcajada, pues ya parezco capaz de cuidarme por mi misma. Reí con él y subí al barco.

Zarpamos a las ocho de la mañana con los chalecos salvavidas enfundados. Antonio y Peppa (Giuseppa) comenzaron a repartir unos deliciosos croissants rellenos de pistache, chocolate y mermelada. Sirvieron café y el murmullo del silencio y la brisa marina se disipó entre el italianísimo acento de todos, menos el mío que se perdía entre el barullo.

Alguien muy observador notó que yo no hablaba y otro se dirigió hacia mi, respondí: “Sono messicana”, a lo cual varios exclamaron. Les di a entender que hablaran, que entendía casi todo lo que decían e iba a tratar de hacerme entender con ellos.

Después de hora y media de trayecto, Antonio detuvo el barco y grito: “Ragazzi, qui possono nuotare” y alcancé a entender que nos lanzáramos a nadar.

Me quedé hablando conmigo y recordé que nunca he nadado en medio del océano, sin pisar, estoy tan habituada a pisar la arena mientras hago que nado. De repente se comenzaron a lanzar sin chalecos salvavidas en una agua preciosa y cristalina, digna de ser inmortalizada en una acuarela.

No quise pensarlo tanto y de repente me lancé al mar, sin chaleco y con la seguridad de que no moriría ahogada. Respiré profundo mientras estaba fuera del agua y me sumergí en la cristalina agua que dejaba entrever peces de muchos colores, corales y vellosidades marinas. Nunca había nadado tanta distancia en mi vida, es como si el universo me impulsara a descubrir galaxias sobre el agua y dentro de ella. Tuve un diálogo con el océano y el sonido del mar, ahí donde todo espacio se vuelve relativo por la sal que densifica la existencia, ahí donde se arrulla el azul del cielo y el infinito tornasol del agua, los peces y las algas.

En mi trance acuático alcancé a escuchar la voz de Antonio que llamaba a regresar al barco. Desperté de mi azul profundo y me acerqué nadando con la serenidad de un mar quieto, al subir me percaté de que el agua estaba muy fría pero en aquel momento descubrí que la emoción puede convertir al frío en algo psicológico.

Continuaba el viaje y se detuvo en una isla: Levanzo. El azul turquesa jugaba a no fundirse con el azul rey, sin perderse con el azul celeste. Un barco carguero de Napoles que tenía la insignia de Naxos trataba de encallar en el muelle de la isla. Antonio rodeo el barco con maestría y paramos en el muelle, nos dio una hora libre y a mi me tomó del brazo: “Vieni con me”.

Antonio había llamado mi atención, tanto por ser un capitán muy alegre como por su mirada profunda. Lleva un tatuaje de la Trinacria sobre el pecho derecho, símbolo de Sicilia y cuelga de su cuello un dije con una ancla. Me explicó que cada pierna de la trinacria significa una punta de la isla de Sicilia (Messina, Marsala y Siracusa) y la cabeza de Medusa es una fusión entre mitología y hojas de espigas que hablan sobre la fertilidad agrícola de la isla, aunque cada quien va inventado un significado distinto conforme platican entre ellos.

Comenzó a hablarme como un sabio y dijo algo sobre lo más esencial de la vida, hizo hincapié en que los sicilianos eran felices porque “fai l´amore tutti il giorni e tutta la notte” y reía como un niño que descubre la vida, pasando la estafeta que mantendrá mi alegría y viéndome a los ojos dice: “ma tu fai l´amore con un solo uomo, il tuo amore”.

Y repetía en silencio los consejos sabios de Antonio mientras nos disponíamos a volver al barco. Después me dijo al oído: Y si no le gusta hacer el amor contigo, le dices: “Va fanculo coglione” y nos botamos de la risa.

Navegamos rodeando la isla de Levanzo, Favignana, mientras Peppa servía cous cous de comer con un delicioso pan bañado de jugo de tomate. Bebimos vino de Marsala mientras el barco se agitaba… aprendí que la marea también es psicológica, pues nunca sentí nauseas y bebimos un océano de vino hasta que el barco se detuvo de nuevo en Marsala.

A la mañana siguiente el viaje comenzó a tomar conciencia del tiempo, desperté temprano para ir a buscar la salina rosada de la que tanto me habían hablado mis compañeros de crucero. Recordé como caminar a diestra y siniestra hasta llegar al centro de Marsala.

Rondé por el mercado esperando encontrarme alguna fotografía maravillosa, pero lo que si encontré fue el kiosko de Alessandro Milazzo y su encantador acento políglota. Para mi buena suerte, Alessandro iba a comer a su casa cuando llegué a preguntar como llegar a la salina, mencionó que su casa quedaba camino a la salina y me dio un aventón hasta el lugar de ensueño.

Alessandro se detuvo en un viñedo y cortó algunas uvas, las lavo con agua limpia que cargaba dentro de una botella de agua y dijo: “Mangia” mientras acercaba las uvas a mi boca. Las uvas eran deliciosas, de un dulzor listo para hacerse vino. Me dio un racimo y me pidió guardarlas para el camino.

Entramos a unas albercas de agua salada donde la gente suele bañarse y me contó sobre los misterios de las personas ancianas que se bañan en aquellas aguas y salen rejuvenecidas, rió y gritó: “Andiamo ragazza”.

Parecía que yo hubiera escuchando el canto de las sirenas desde que me embarqué en Calabria, pero no me importaba, podría caer hechizada ante los encantos de la gente de Sicilia.

Alessandro se marchó y me dejó disfrutar a solas la salina, me indicó la manera de regresar. Le agradecí con un “Arrivederci bello, grazie di tutto”. Me quedé en silencio, disfrutando el viento mientras un molino de la salina se movía, como si el molino se encargara de pintar de rosa toda la sal de Marsala.

Al día siguiente ya había perdido la noción del tiempo, según recuerdo ya era miércoles y regresé a Palermo para ir a otra de las puntas de la isla y mi penúltimo destino dentro de la isla, me dirigí a Siracusa, la que en algún momento fue capital de Sicilia.

A Siracusa le tenía cierta curiosidad por haber sido una de las colonias más importantes de la Magna Grecia. Me encontré con el magnífico Parque Arqueológico Paolo Orsi donde encontré una de las máximas ejecuciones arquitectónicas de teatro griego con vista al mar, uno de los mejor conservados, después de Epidavros en Grecia. Ahí mismo se encontraba la Oreja de Dionisio, denominada así por Caravaggio por tener la forma de un pabellón auricular donde se dice que Dionisio, el tirano, torturaba acústicamente a sus enemigos y escuchaba todo lo que mal dijeran sobre él.

La larga tarde coloreaba el esplendor del cielo y reflejaba el agua donde flotaban los pequeños barcos de la isla de Ortiga, una lengua de tierra unida a Siracusa. Los largos días de verano provocaban que perdiera el sentido del tiempo y mientras todos tenían que estar dormidos, me refrescaba con una granitta (frappé italiano) de granada, un sabor desconocido para mis sentidos pero uno especial para despedirme poco a poco de la isla.

A la mañana siguiente Catania me esperaba y lo último que quería ver de Sicilia era el volcán más alto de todo Europa: el Etna.

Un filósofo con cara de alpinista me acompañó al último trayecto del viaje.

Viví como peripatética las últimas horas en Sicilia. Caminé sobre las faldas de un volcán al lado de un hombre del que aún no puedo recordar su nombre, hablamos en todos los idiomas; me llevó cuesta arriba, a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, caminando sobre arena volcánica para poder contemplar desde ahí arriba la sal de la tierra, el magma vuelto una pintura paisajista de un creador constante que se funde con el amor de la Naturaleza. Arriba de nosotros sabíamos que reposaba el cráter del Etna, escondido entre las fumarolas donde dicen que se aparece Hefestos, el dios griego del fuego y los herreros. Y Dionisio le acompaña, vagando entre su tierra volcánica, fertilizando con la vid a esta isla que nos embriaga, nos baña en sus eternas aguas y nos da el fuego que Prometeo le entregó a los hombres antes de ser encadenado.

Dánae Kótsiras

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