¡Aprovecha tu tiempo libre!

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Cuando estás de vacaciones, desempleado o simplemente ya no tienes más exámenes pendientes en la universidad, comienzas a tener bastante tiempo libre. Puede ser que no tener nada qué hacer sea algo que todos hemos deseado. Sin embargo, muchas veces estar tanto tiempo sin obligaciones puede resultar contraproducente, pues llega el momento en el que no sabemos qué hacer o en qué invertir las horas vacías.

No desperdicies más tus valiosos días libres, existen muchísimas cosas que puedes hacer para ocupar tu tiempo. No importa que tanto duren tus vacaciones, utiliza tu energía e intelecto para hacer las cosas que siempre quisiste hacer.

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Conoce tu ciudad

Aprovecha el día para recorrer todos esos lugares de la ciudad a los que nunca has ido y que siempre quisiste conocer. Visita todos los museos que tengan cosas que llamen tu atención, toma fotografías de cada uno de los lugares a los que fuiste, te darás cuenta de que existen muchos puntos de interés que ni si quiera sabías tenías tan cerca. No tienes que recorrer todo en un sólo día, puedes planear varias visitas en distintos puntos durante varios días para que no te quedes sin actividades.

¡Conviértete en una extranjera de tu propia ciudad!

Encuentra un hobbie

Nunca es tarde para aprender algo nuevo. Busca un pasatiempo que te apasione, ya sea hacer manualidades, aprender a tocar algún instrumento, hacer deporte o hasta tomar un curso, todo es válido. Quizá lo que inicies como un hobbie con el tiempo se convierta en tu verdadera pasión.

Además, un pasatiempo te ayuda a salir de la rutina del día a día, del estrés de trabajo o escuela. Es una excelente opción con la que podrás canalizar tu energía en algo positivo y, por supuesto, hará que te relajes y te olvides de todo por un momento.

¡Amplia tus conocimientos y desarrolla nuevas habilidades!

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Lee un buen libro

No es necesario que salgas de tu casa para ocupar tu tiempo en algo productivo. Puedes quedarte en casa leyendo el libro que compraste haces meses pero que aún no te dabas el tiempo de leer. Por otro lado, si eres de los que les gusta salir a leer al aire libre, puedes ir a algún parque cercano o a algún lugar tranquilo en el que puedas relajarte y concéntrate en la lectura.

¡Sumérgete en la aventura de una gran historia!

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Ve al cine o al teatro

Si eres un cinéfilo o amante del teatro, seguro esta opción te encantará. Checa las carteleras y ubica cuáles son las obras o películas de tu interés. Puedes invitar a tus amigos para que vayan a verla juntos o puedes ir sola. Sin importar lo que decidas ver, cerciórate de leer las reseñas para conocer la temática o simplemente decide al azar y crea tu propia crítica.

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Pasa tiempo con las personas que amas

Conversa y disfruta de un buen día en compañía de aquellos familiares que no hayas visto en mucho tiempo. Visita a tus abuelos, seguramente tendrás una charla llena de sabiduría y aprendizaje. El punto es que pases un tiempo de calidad con toda tu familia. Incluso si tienes mascotas, juega con ellas. Sal a un día de campo con todos tus familiares e integra a tu mascota en las actividades.

Recuerda que tu familia siempre estará ahí para ti.

Renueva tu dormitorio

Si te gusta la decoración de interiores, comienza a planear los cambios que deseas hacerle a tu dormitorio o a la renovación que quieres para tu oficina en casa. Si eres de las que no les gusta invertir mucho presupuesto, existen muchas formas muy económicas de hacerlo. Puedes reciclar materiales con lo que podrás crear cosas muy interesantes con un poco de imaginación.

Si ya estás con las renovaciones, también puedes empezar a sacar algunas prendas de tu armario que ya no usas o que ya están muy desgastadas. Al deshacerte de algunas prendas, podrás crear más espacio en tu armario y llenarlo con prendas que realmente te hacen falta.

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Haz un voluntariado

Qué mejor manera de invertir tu tiempo que ayudando a los demás. Encuentra algo en lo que puedas ser útil para los demás, visita asilos, hospitales, casas hogar. Un voluntariado es una actividad benéfica tanto para ti como para aquellas personas a las que ayudas desinteresadamente, pues el hecho de ayudar a los demás incrementará tu autoestima y te hará sentir cómodo con tu persona.

Sal de tu zona de confort y prueba nuevas actividades que abran tu mente y te hagan conocer otra realidad. No tienes que esperar a que lleguen las vacaciones, puedes empezar a hacerte de un poco de tiempo para planear las actividades que deseas realizar.

LAS ISLAS GRIEGAS, PARAÍSOS CAUTIVADORES

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De la poesía de Kavafis aprendí que lo más importante en esta vida es el viaje, sin temer a los cíclopes y lestrigones, ni al colérico Posidonas; hay que llegar a Ítaca lleno de experiencias y sabiduría.

Comencé a viajar sola a mis veintidós, justo después de la muerte de mi padre: un heleno mexicano con espíritu al estilo Zorba, el griego.

Mi padre tenía algo de razón en que no saliera sola de viaje aunque con el tiempo aprendí a sortear el canto de las sirenas, pues también las mujeres podemos caer hechizadas ante los encantos de algunos hombres.

Se preguntarán porque hablo de las sirenas y su canto. Cuando Odiseo (Ulises), el héroe de La Ilíada de Homero, venía de haber peleado en la Guerra de Troya, en su largo naufragio para volver a los brazos de Penélope, sabía que tenía que pasar por una isla donde el canto de las sirenas podría seducir a los marineros que les escucharan.

Ulises quiso arriesgarse a escuchar el canto de las sirenas pero se hizo amarrar a uno de los mástiles del barco sin taparse los oídos y ordenó a los marineros que se cubrieran los oídos cuando pasaran por la isla de las sirenas. Dicen que Odiseo enloqueció al escuchar el canto de las sirenas pero estar amarrado le impidió saltar del barco para llegar hacia ellas.

Como Odiseo también he sorteado la vida y sus tentaciones, con cierto estoicismo aunque mi espíritu se incline por el hedonismo; la parte que heredé de griega o helena es que la trashumancia forma parte de mi modus vivendi.

Resultado de imagen para ISLAS GRIEGASEl año dos mil diecisiete fue la fecha que decidí abandonar mi lugar de origen: Guadalajara. Renuncié a mis bienes materiales intercambiándolos por euros y así  poder embarcarme a un naufragio voluntario para rescatar mi espíritu de la confusión por el canto del caos, las sirenas y una crucifixión voluntaria que me ha llevado a bajar finalmente de la cruz antes de los treinta y tres.

Compré un boleto con destino a Atenas para volver a aprender de sus sabios; emprendí mi tercer visita a la Hélade (tierra del abuelo Lambros) y una vez ahí decidí volar a otras tierras cercanas: España, Portugal e Italia.

Arribando a Roma, la capital italiana, tomé un tren con destino a Reggio Calabria para ir a visitar a mi amigo Giovanni Nostro, un calabrés siciliano que se siente más mexicano de lo que a mi me tocó en la repartición de mexicanidad.

Giovanni insistió que fuera a Sicilia porque en Reggio no hay mucho por hacer  pero tenía miedo porque ahí nació Vito Corleone, el capo más grande de la mafia inmortalizado en la novela de Mario Puzzo y en la trilogía de Francis Ford Coppola.

Eran las ocho de la mañana de un viernes soleado de agosto en Reggio Calabria, allá en la punta de la bota de Italia.  La resolana ya golpeaba mis pantorrillas mientras caminaba, el sudor en todo mi cuerpo se hacía presente a pesar de recién haber tomado una ducha en casa de Giovanni.

Un ligero destello de viento apareció ante el sofocante calor de aquella mañana y me condujo hacia unas personas que caminaban en dirección contraria a la mía, me detuve a preguntarles en mi escaso italiano: “Mi scusi signora, ¿dove è il porto?

La señora amablemente respondió: “Tutto diretto” al momento que señalaba con su mano que el puerto estaba en esa dirección. Continué caminando todo derecho porque entendí que el puerto estaba por allá.  Le grité mientras caminaba: “Molto grazie, quanto è gentile con me”.

Ya en el puerto me puse a leer y tratar de comprender lo que estaba escrito en los letreros de las diferentes líneas de ferris, entendí que había salidas desde Reggio a Messina, Sicilia cada media hora.

Me acerqué a la taquilla y pedí un boleto para “il prossimo a Sicilia”. No sabía si hablaba correctamente el alegre idioma pero en días previos entendí que a los italianos no les gusta que les hables en inglés, prefieren que te esfuerces en hablar su idioma o que hables el tuyo, sobre todo si es castellano que por ser lengua romance es más fácil que te entiendan.

Pagué tres euros con cincuenta centavos y me embarqué a Sicilia, con la sonrisa de una viajante primeriza que se acompaña de una mochila al hombro, algunos euros en el bolsillo y mi inseparable cámara.

Mientras el ferri se preparaba para salir, saqué una libreta donde tenía escritos los lugares que previamente investigué para conocer dentro de la isla pero en los respaldos de cada asiento había una revista de Sicilia y sus atractivos turísticos. Me distraje leyendo la revista mientras el  ferri zarpaba rápidamente sobre el estrecho de Messina pues el trayecto dura media hora; quise contemplar mi llegada como cualquier viajante de barco pero la bruma sobre la mar era tal que las ventanas permanecieron empañadas todo el trayecto, tan parecido a contemplar una fotografía fuera de foco en movimiento. Me sentí en una película italiana cuando el barco se detiene en Nueva York y todos gritan: “América!” Pero en este caso era yo arribando a tierra siciliana, parecía una americana descubriendo Europa mientras pisaba Messina, la ciudad siciliana que se alcanza a ver desde Reggio Calabria cuando el volcán sobre el mar, el Stromboli, se aquieta y despeja el paisaje.

Corrí a buscar la estación de tren, por fortuna estaba a unos metros cruzando el puerto de Messina. Me percaté de burlar un paso prohibido cuando un policía me gritó no sé qué cosas.

Entré a la estación de tren, busqué la taquilla y estaba llena, también observé que había máquinas Resultado de imagen para ISLAS GRIEGASdispensadoras de boletos de tren. Volví al viejo ejercicio de entender todo por mi cuenta y como la Madonna me dio a entender compré un boleto con destino a Palermo por catorce euros.

Buscando el anden me di cuenta que el tren partía dentro de pocos minutos y corrí en dirección al andén número cinco. Subí al tren, acomodé mi escaso equipaje y anunciaron la partida del tren, puntual salida con destino a Palermo.

Navegaba sobre las vías del tren en la isla de la Trinacria, le conocen así por su forma triangular y porque los griegos la llamaban Sikelia.

Imaginaba la capital siciliana de Palermo, llena de historias de mafia y películas de Coppola y Scorsese.

Estación tras estación comprendí que el sur también existe, que tanto en México como en Italia el sur está dotado de algo que hace la diferencia y que el uruguayo Mario Benedetti inmortalizó en su poema: “pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces es donde la memoria ningún recuerdo omite y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

Llegué a Palermo, capital de Sicilia, a las catorce horas del viernes cuatro de agosto del dos mil diecisiete.

Saro (Rosario) me esperaba en el apartamento de un AirBNB y yo no sabía donde quedaba el hospedaje pero con lo poco de internet que tenía en un chip Vodafone me ayudé a llegar al que sería mi hogar durante los dos siguientes días. Bendito Google Maps!

Tomé un autobús donde convergen todas las razas y aromas del mundo, sentí Babel durante el corto trayecto de la terminal de trenes a donde me indicaba la aplicación con acento de hombre español que debía bajarme; caminé algunos metros para encontrar la Vía Enrico Amari, y llegué al número de la finca. Toqué el timbre, el portón eléctrico se abrió, subí unas preciosas escaleras de concreto con mosaico donde rebotaba la luz de la tarde sobre el pasamanos y se dibujaba la profundidad hacia el techo del edificio; un hombre de largo cabello abrió la puerta del apartamento del tercer piso, le dije alegremente: “Busco a Rosario” y respondió: “Yo soy Rosario, Saro”.

Saro me mostró mi habitación y preguntó que si había comido, acepté gustosa pasta a la carbonara que recién había cocinado; mientras comíamos me enseñaba todos los lugares interesantes de Sicilia desde su computadora. Después de la comida hice una ligera siesta obligada pues el verano europeo se vuelve una experiencia extrema y el siroco (viento que viene de África) vuelve a los países mediterráneos aun más calientes de lo habitual, así que lo ideal es salir después de las cinco o seis de la tarde.

Salí a caminar Palermo, descubriendo sus callejones y caminando principalmente la vía Vittorio Emmanuelle.

Encontré la glorieta donde se ubica la estación de trenes y de autobuses, me sentí timada por haber tomado el autobús pero me dije que caminando y anotando las calles en el mapa podría hacer mi itinerario para evitar gastar en transporte.

Me detuve en una tienda de pakistaníes y compré agua mineral, quise preguntar por la catedral pero preferí pagar e irme, me pareció más interesante perderme para volverme a encontrar entre aquellas calles aún desconocidas para mi.

“La calle es de quien la camina”, me dije una vez fotografiando el gran escenario urbano y de esa misma forma descubrí Palermo, lleno de folklor y clase, lleno de arte y abandono, con gitanos de Rumania que gritaban algo cuando cargaba la cámara en mano, encontrando a diestra la Piazza Pretoria y su fontana de la Vergoña donde alguien filmaba una secuencia de unos novios antes de entrar a su boda. Esto me hizo sentir en una secuencia de alguna película italiana, como si Paolo Sorrentino dirigiera La grande belleza y yo fuera Pepp Gambardella.

El ultimo atisbo de la tarde caía sobre Palermo y la ciudad respiraba un aire fresco que me abría el apetito, encontré un restaurante y recordé que Giovanni dijo: “Come Arancina, la comida siciliana te va a gustar”, y en ese lugar pedí dos arancinas rellenas de carne molida y una cerveza Peroni mientras se escuchaba a unos pasos alguien que cantaba: “Volaré, oh, oh, cantaré… nel blu di pinto di blu”. Un hombre intentaba imitar a Domenico Modugno y sonreía mientras alzaba mi copa para mi, por haber llegado sabiamente a la isla más grande del Mediterráneo.

Pagué la cuenta y continué caminando de regreso a mi habitación, según el contador de pasos ya llevaba diez kilómetros de trayecto. La noche refrescaba y la atmósfera de la ciudad comenzaba a cambiar conforme se encendían las luces de los restaurantes a pie de calle. Llegué a mi habitación como si hubiera regresado de un naufragio y me perdí en lo profundo del sueño.

Amanecía en Palermo, el  sábado se metía por la ventana de mi habitación y develaba el ritmo de los pasos de los palermitanos, su peculiar forma de exclamar moviendo las manos apretando el pulgar, el índice y el medio, una sinfonía de grito y gesticulación en cada movimiento.

Me dirigí a explorar la calle, era buen tiempo y todavía se sentía fresca la mañana,  pero a unos pasos ya estaba escurriéndome nuevamente. Me detuve a beber un cappuccino, de pie en la barra, como se acostumbra en Italia. En una de las agencias de viajes pregunté como llegar al mercado de Palermo y moví mis pasos guiándome por el olfato. Ahí estaba el gran espectáculo: un tianguis lleno de vendimia como los que uno se encuentra en México solo que aquí en Palermo encuentras pez espada, aceitunas y berenjenas. Un hombre gritaba: Grattatella, grattatella! Sebastiano Arnone raspaba hielo con un artefacto de acero inoxidable, tenía un carrito con sombra donde tenía botellas de cristal con todos los sabores dulces para acompañar al hielo raspado: era la misma imagen de un vendedor de raspados. Me detuve a degustar una gratatella de arancia mientras me cubría del sol ensordecedor, terminé de refrescarme y continué mi caminata.

Erróneamente me metí a deambular por un barrio de esos que me hacen suspirar, lleno de ruinas urbanas y grafiti de calidad pero para mi desgracia lleno de inmigrantes que me veían como carnada perfecta con mi cámara. Un palermitano me gritó algo y me hizo la seña de acercarme, se veía un hombre amable y me pidió que me fuera porque con esa cámara y ese look de viajera alternativa no iba a pasar de una cuadra, me acompañó hasta la calle más segura. Seguí mi instinto y caminé hasta llegar a la Capilla Palatina, un impresionante edificio arquitectónico que combina lo morisco, lo bizantino y lo romano, además de haber albergado una maravillosa exposición temporal sobre el Novecento pictórico.

Con el mismo ímpetu que comencé el viaje, el calor intensificado del siroco comenzó a quitarme energía. Fui en busca de comida y cerveza para después refugiarme en el impresionante Teatro Massimo, donde de antemano sabía que el aire acondicionado me iba a dar el respiro que necesitaba. Después de una hora de recorrido dentro del teatro, los turistas chinos se convierten en los especialistas de hacerse todos los selfies que sean necesarios para modelar como muñecos del internet e irrumpen en tu fotografiar a solas un espacio tan emblemático que sería un mejor lugar para fotografiar sin personas.

Sentí el eco de Maria Callas, llegaba a mis oídos en manera de canto y me pedía marcharme a descansar; salí del teatro y caminé hasta mi habitación. Ya no sabía qué más ver en Palermo porque lo había caminado casi todo pero al día siguiente tenía que abandonarme a un lugar más tranquilo: la playa.

Esa misma noche reservé un lugar en Marsala, un pueblo con mar a dos horas de distancia de Palermo, famoso por su vino y sus salinas que tienen todo el elixir de la juventud. Dormí con la certeza de que mi domingo estaría más cerca del mar, finalmente mis pies conocerían el mar de Sicilia.

Abandoné la casa de Saro a las siete de la mañana, su abrazo que recién despertaba salió a despedirme antes de que me dejara el autobús.

Caminé por las calles de Palermo buscando los horarios de autobús en los carteles pero antes hice mi última voluntad: volver a caminar por la Plaza Pretoria antes de encaminarme a mi siguiente destino.

Parecía que los Dioses me tenían una sorpresa, llegué a las siete con treinta y las campanadas aguardaron a que pudiera subirme a las escaleras, saqué mi cámara y grabé un plano secuencia cuando las campanadas comenzaron a escucharse entre la inmensa soledad de la plaza; parecía que las esculturas dentro de la fuente Pretoria posaran desnudas para mi, sin la vergüenza que las monjas les profirieron por andar desnudas, con el éxtasis de la mañana. Fue el trance de quince minutos más bello de una mañana de verano, la plaza fue mía y yo de ella, esbocé una sonrisa para despedirme de la capital palermitana.

En Marsala me esperaban Antonietta Fortunato y su familia, unos italianos que se daban a entender por What´s App. Alcancé a entender que iban a recogerme a la terminal de autobuses.

El camión avanzaba, contemplé desde la ventana los paisajes tan similares a México, me sentí tan cerca y tan lejos de casa pero con esas ganas de seguir sin extrañar la comida, el paisaje y la familia.

Llegando a Marsala bajé del autobús, no encontré una central, era la calle la terminal de autobuses y una voz me gritó: “Dánae!” Volteé y encontré a mis espaldas una bella familia que venía a darme la bienvenida.

Subí con ellos a una camioneta, me hicieron todo tipo de preguntas en italiano a las cuales entendí sin dudar. Giovanny, el marido de Antonietta, me enseñaba las calles de Marsala desde el auto y me decía los nombres, lo que podría encontrar en cada callejón del pequeño pueblo con mar; pasamos por una bodega de vinos en frente del mar y me señaló que ahí era donde vendían el mejor vino de Marsala.

Llegamos al AirBnb, sugirieron que les acompañara a la playa y de inmediato acepté; corrí al baño a arreglarme y salí con el traje de baño bajo la ropa. Nos fuimos como una familia que acababa de recibir a la hija la mayor, esa sensación me dio estar con aquella familia que me invitó a comer un panino y me dio soda italiana mientras posaba mis pies al sol para que el mar besara mis pies.

Se unieron los amigos y comenzaron a hacer preguntas sobre México. Giovanny y Antonietta ya se habían encargado de contarles mi largo periplo por cuatro países antes de llegar a la isla. Estaban tan contentos que abrieron el café espresso a la granita, una especie de café frappé que era un manjar ante semejante clima. Compartieron el café y todos bebimos mientras se reían cuando alguno me enseñaba a decir malas palabras y a usar las manos para hablar como siciliana.

Volvimos a casa al atardecer, me explicaron que había un recorrido por tres islas con un tal señor Antonio y su esposa Giuseppa. No dudé ni un minuto cuando me explicaron, pedí que les llamaran para conseguir un lugar en la excursión.

Al día siguiente, muy temprano, Antonio y Giuseppa iban a esperarme en el puerto. Llegué puntual a la cita y no veía ni un alma en el lugar. De repente apareció un auto rojo preguntando: “Sei Dánae? “ Respondí afirmando con la cabeza. Subí al auto y me llevaron a un pequeño barco donde estábamos toda la tripulación alistándose. El capitán Antonio rió al verme y pregunté el por qué.

Dijo que Antonietta le pidió que cuidara mucho a la niña que había enviado y al verme no pude evitar la carcajada, pues ya parezco capaz de cuidarme por mi misma. Reí con él y subí al barco.

Zarpamos a las ocho de la mañana con los chalecos salvavidas enfundados. Antonio y Peppa (Giuseppa) comenzaron a repartir unos deliciosos croissants rellenos de pistache, chocolate y mermelada. Sirvieron café y el murmullo del silencio y la brisa marina se disipó entre el italianísimo acento de todos, menos el mío que se perdía entre el barullo.

Alguien muy observador notó que yo no hablaba y otro se dirigió hacia mi, respondí: “Sono messicana”, a lo cual varios exclamaron. Les di a entender que hablaran, que entendía casi todo lo que decían e iba a tratar de hacerme entender con ellos.

Después de hora y media de trayecto, Antonio detuvo el barco y grito: “Ragazzi, qui possono nuotare” y alcancé a entender que nos lanzáramos a nadar.

Me quedé hablando conmigo y recordé que nunca he nadado en medio del océano, sin pisar, estoy tan habituada a pisar la arena mientras hago que nado. De repente se comenzaron a lanzar sin chalecos salvavidas en una agua preciosa y cristalina, digna de ser inmortalizada en una acuarela.

No quise pensarlo tanto y de repente me lancé al mar, sin chaleco y con la seguridad de que no moriría ahogada. Respiré profundo mientras estaba fuera del agua y me sumergí en la cristalina agua que dejaba entrever peces de muchos colores, corales y vellosidades marinas. Nunca había nadado tanta distancia en mi vida, es como si el universo me impulsara a descubrir galaxias sobre el agua y dentro de ella. Tuve un diálogo con el océano y el sonido del mar, ahí donde todo espacio se vuelve relativo por la sal que densifica la existencia, ahí donde se arrulla el azul del cielo y el infinito tornasol del agua, los peces y las algas.

En mi trance acuático alcancé a escuchar la voz de Antonio que llamaba a regresar al barco. Desperté de mi azul profundo y me acerqué nadando con la serenidad de un mar quieto, al subir me percaté de que el agua estaba muy fría pero en aquel momento descubrí que la emoción puede convertir al frío en algo psicológico.

Continuaba el viaje y se detuvo en una isla: Levanzo. El azul turquesa jugaba a no fundirse con el azul rey, sin perderse con el azul celeste. Un barco carguero de Napoles que tenía la insignia de Naxos trataba de encallar en el muelle de la isla. Antonio rodeo el barco con maestría y paramos en el muelle, nos dio una hora libre y a mi me tomó del brazo: “Vieni con me”.

Antonio había llamado mi atención, tanto por ser un capitán muy alegre como por su mirada profunda. Lleva un tatuaje de la Trinacria sobre el pecho derecho, símbolo de Sicilia y cuelga de su cuello un dije con una ancla. Me explicó que cada pierna de la trinacria significa una punta de la isla de Sicilia (Messina, Marsala y Siracusa) y la cabeza de Medusa es una fusión entre mitología y hojas de espigas que hablan sobre la fertilidad agrícola de la isla, aunque cada quien va inventado un significado distinto conforme platican entre ellos.

Comenzó a hablarme como un sabio y dijo algo sobre lo más esencial de la vida, hizo hincapié en que los sicilianos eran felices porque “fai l´amore tutti il giorni e tutta la notte” y reía como un niño que descubre la vida, pasando la estafeta que mantendrá mi alegría y viéndome a los ojos dice: “ma tu fai l´amore con un solo uomo, il tuo amore”.

Y repetía en silencio los consejos sabios de Antonio mientras nos disponíamos a volver al barco. Después me dijo al oído: Y si no le gusta hacer el amor contigo, le dices: “Va fanculo coglione” y nos botamos de la risa.

Navegamos rodeando la isla de Levanzo, Favignana, mientras Peppa servía cous cous de comer con un delicioso pan bañado de jugo de tomate. Bebimos vino de Marsala mientras el barco se agitaba… aprendí que la marea también es psicológica, pues nunca sentí nauseas y bebimos un océano de vino hasta que el barco se detuvo de nuevo en Marsala.

A la mañana siguiente el viaje comenzó a tomar conciencia del tiempo, desperté temprano para ir a buscar la salina rosada de la que tanto me habían hablado mis compañeros de crucero. Recordé como caminar a diestra y siniestra hasta llegar al centro de Marsala.

Rondé por el mercado esperando encontrarme alguna fotografía maravillosa, pero lo que si encontré fue el kiosko de Alessandro Milazzo y su encantador acento políglota. Para mi buena suerte, Alessandro iba a comer a su casa cuando llegué a preguntar como llegar a la salina, mencionó que su casa quedaba camino a la salina y me dio un aventón hasta el lugar de ensueño.

Alessandro se detuvo en un viñedo y cortó algunas uvas, las lavo con agua limpia que cargaba dentro de una botella de agua y dijo: “Mangia” mientras acercaba las uvas a mi boca. Las uvas eran deliciosas, de un dulzor listo para hacerse vino. Me dio un racimo y me pidió guardarlas para el camino.

Entramos a unas albercas de agua salada donde la gente suele bañarse y me contó sobre los misterios de las personas ancianas que se bañan en aquellas aguas y salen rejuvenecidas, rió y gritó: “Andiamo ragazza”.

Parecía que yo hubiera escuchando el canto de las sirenas desde que me embarqué en Calabria, pero no me importaba, podría caer hechizada ante los encantos de la gente de Sicilia.

Alessandro se marchó y me dejó disfrutar a solas la salina, me indicó la manera de regresar. Le agradecí con un “Arrivederci bello, grazie di tutto”. Me quedé en silencio, disfrutando el viento mientras un molino de la salina se movía, como si el molino se encargara de pintar de rosa toda la sal de Marsala.

Al día siguiente ya había perdido la noción del tiempo, según recuerdo ya era miércoles y regresé a Palermo para ir a otra de las puntas de la isla y mi penúltimo destino dentro de la isla, me dirigí a Siracusa, la que en algún momento fue capital de Sicilia.

A Siracusa le tenía cierta curiosidad por haber sido una de las colonias más importantes de la Magna Grecia. Me encontré con el magnífico Parque Arqueológico Paolo Orsi donde encontré una de las máximas ejecuciones arquitectónicas de teatro griego con vista al mar, uno de los mejor conservados, después de Epidavros en Grecia. Ahí mismo se encontraba la Oreja de Dionisio, denominada así por Caravaggio por tener la forma de un pabellón auricular donde se dice que Dionisio, el tirano, torturaba acústicamente a sus enemigos y escuchaba todo lo que mal dijeran sobre él.

La larga tarde coloreaba el esplendor del cielo y reflejaba el agua donde flotaban los pequeños barcos de la isla de Ortiga, una lengua de tierra unida a Siracusa. Los largos días de verano provocaban que perdiera el sentido del tiempo y mientras todos tenían que estar dormidos, me refrescaba con una granitta (frappé italiano) de granada, un sabor desconocido para mis sentidos pero uno especial para despedirme poco a poco de la isla.

A la mañana siguiente Catania me esperaba y lo último que quería ver de Sicilia era el volcán más alto de todo Europa: el Etna.

Un filósofo con cara de alpinista me acompañó al último trayecto del viaje.

Viví como peripatética las últimas horas en Sicilia. Caminé sobre las faldas de un volcán al lado de un hombre del que aún no puedo recordar su nombre, hablamos en todos los idiomas; me llevó cuesta arriba, a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, caminando sobre arena volcánica para poder contemplar desde ahí arriba la sal de la tierra, el magma vuelto una pintura paisajista de un creador constante que se funde con el amor de la Naturaleza. Arriba de nosotros sabíamos que reposaba el cráter del Etna, escondido entre las fumarolas donde dicen que se aparece Hefestos, el dios griego del fuego y los herreros. Y Dionisio le acompaña, vagando entre su tierra volcánica, fertilizando con la vid a esta isla que nos embriaga, nos baña en sus eternas aguas y nos da el fuego que Prometeo le entregó a los hombres antes de ser encadenado.

Dánae Kótsiras

CASA Fayette

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Inspiración y emoción.

Hay muchas cosas que obtenemos cuando viajamos y en particular cuando llegamos a hospedarnos en algún lugar. Además del conocimiento interno y esos encuentros o contactos humanos que tenemos, debemos de consideras la inspiración y la emoción.

Cuando hablamos de lugares emblemáticos e icónicos en Guadalajara, si duda debemos de pensar en Casa Fayette, uno de esos lugares que inspiran y emocionan, una excelente opción para vivir una experiencia reconfortante y única en la ciudad.

Ubicada en una zona que data de inicios del siglo XX, Casa Fayette tiene como base una casa de los años cuarenta, construida por el ingeniero Aurelio Aceves y a la cual se le une una torre construida con diseño contemporáneo que alberga las 37 habitaciones y suites que ofrece el hotel, que abrió sus puertas en 2015.

El primer detalle que cualquier visitante va a notar es el gusto exquisito en la decoración y el diseño de interiores. Tan solo cruzar el lobby, uno se transportará a otra época y experimentará una especie de aislamiento del espacio exterior.

Es todo un reto poder combinar arte, diseño y moda y arquitectura, pero cuando se logra, el resultado es algo que trasciende.

La propuesta de diseño estuvo a cargo de Dimore Studio, estudio conformado por Emiliano Salci y Britt Moran y especialistas en intervenir hoteles, restaurantes, tiendas y residencias privadas.

El ser un hotel que no tiene la instraestructura de un hotel más grande, permite ofrecer un servicio personalizado a sus huéspedes y los cuales son obligados, como el Spa o el restaurante, acardo del Chef Leobardo Solano García que ofrece un estilo comfort food, con alimentos preparados con ingredientes locales y orgánicos.

Casa Fayette es parte de Grupo Habita, responsable de proyectos como Habita Hotel, Condesa df, Distrito Capital u Hotel Americano en Nueva York,  por lo que existe el respaldo de expertos.

Uno de los espacios preferidos por muchos de los visitantes es la terraza, un lugar especial para descansar bebiendo.
 
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Tips para empacar como un experto

Packing like a pro

Las vacaciones ya están aquí y si eres de los que tomarán un vuelo o de los que viajan hasta con el perico, en este artículo te damos algunos trucos y consejos para empacar como un experto; evitando documentar equipaje, pagar de más o correr el riesgo de que algo se pierda, dañe o te lo roben.

Elige la maleta correcta

Esto es lo más importante y lo que puede hacer toda la diferencia en tu viaje. Sea cual sea tu marca favorita, asegurate de que sea funcional, ligera y práctica: que este dividida en secciones, que incluya correas de compresión, ruedas 360 grados, rastreo digital por medio de una App, etc. Solo asegúrate de que cumpla con las políticas de la aerolínea y compleméntala con una backpack o un tote grande para el resto de tus cosas, ya que la mayoría de las aerolíneas te permiten 2 equipajes de mano de no más de 10 kg cada uno.

Empaca menos ropa de la que crees que necesitarás y sé realista

La mayoría de nosotros llevamos la maleta repleta de “por si acaso”, pero lo mejor es ser realista. Si tu rutina normal no incluye salir a correr por las mañanas, lo más seguro es que estando de vacaciones tampoco lo hagas, no importa lo hermoso que sea el amanecer en el mar. Lo ideal es poner sobre la cama todo lo que te quieras llevar y empezar a descartar piezas.

Por ejemplo, 3 pares de zapatos como máximo y de acuerdo con tu destino: tenis cómodos para caminar, flats, sandalias o botines. Si no son de piel, no olvides rociarlos con repelente aprueba de agua, en caso de que llueva.

En el caso de las bolsas, lo ideal es encontrar una crossbody de piel ligera en tono neutro para que combine con todo. Recuerda que debe cerrar completa, los cierres no deben estar a la vista y la correa debe ser gruesa, para que no te lastime y no sea robable con un navajazo. 

En el caso de la ropa, asegurate de que sea cómoda y te quedé bien, de lo contrario no lo usarás. Que sea lavable, especialmente la ropa interior y los calcetines para que en caso de emergencia los puedas lavar en el lavabo de tu hotel. No empaques dobles, mejor asegurate de que tu ropa tenga doble función. Por ejemplo: trajes de baño que puedan ser usados como top o como short para los hombres, una pashmina que pueda servir como manta de picnic o para sentarte en la arena, etc. Deja tu joyería más elegante y cara en casa y siempre empaca cosas que estés dispuesto a perder… por si acaso.

Elije una paleta de colores

Para reducir la cantidad de ropa que empaques, mantén una paleta de colores estricta: una base de colores neutros como el negro o el gris, y solo agrega un toque de color como: rojo, morado o esmeralda. Así podrás tener más de una semana de outfits diferentes para presumir en tus fotos de Instagram, con tan solo unas piezas básicas.

Simplifica tu rutina de belleza

La mayoría de nuestros productos de belleza pueden cumplir una doble función: protectores solares o hidratantes con color, paletas de sombras que sirven como iluminador o para rellenar las cejas, labiales como rubor, etc. Unos días antes de tu viaje, prueba una rutina sencilla con tan solo 4 o 5 productos como máximo y observa cómo te resulta; de esta forma ya sabrás qué empacar. Busca las versiones de viaje, para que no tengas que rellenar botellitas. También las muestras de productos que te obsequian en las tiendas son una salvación y no olvides que puedes utilizar los productos del hotel como jabón o en el peor de los casos buscar una farmacia o supermercado en tu destino y comprar lo esencial.   

Si todo falla, utiliza bolsas de comprensión

Lo ideal para empacar es enrollar la ropa para ahorrar espacio, reducir arrugas y encontrar una prenda más fácil, pero si fue imposible para ti empacar muy poco, entonces apóyate de las bolsas de compresión. Ya existen algunas que te ayudan a sacar el exceso de aire sin necesidad de una aspiradora, incluso dicen que pueden lavar tu ropa en ellas solo agregando agua y jabón.

¡Bienvenidos a portugal!

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Cuando me enteré que viajaría a Portugal, jamás imaginé que viajaría a un país que sería tan interesante y diverso a nivel cultural. Castillos medievales, aldeas de calles adoquinadas y ciudades cautivadoras que te dan un paseo por la historia portuguesa, buena comida y paisajes idílicos que no imaginarías encontrar en ese lado del mundo.

Mi recorrido comenzó en Oporto, una ciudad que mezcla la historia con la modernidad y está llena de jóvenes que le dan una esencia especial a la ciudad que alberga poco más de 235,000 habitantes. La zona que no puedes dejar de conocer es la Ribeira, barrio histórico con laberinto de callejuelas medievales, declaradas Patrimonio Mundial, desembocan en el río Duero y en un paseo flanqueado por casitas de colores pastel y pequeñas tascas con una vista privilegiada del espectacular Puente de Dom Luís I. Lleno de atracciones, tiendas y restaurantes.

Se empieza en la Sé, catedral románica fortificada, que proporciona una panorámica espectacular de los tejados. Desde aquí se puede iniciar un paseo por los callejones del casco antiguo, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. Es especialmente bonita la Rua das Flores, con sus casas con azulejos y balcones, pero también destacan la Igreja da Misericórdia, también cubierta de azulejos, las terrazas de los cafés y las tiendas especializadas.

Palácio da Bolsa, Jardim do Infante Dom Henrique y la Igreja de São Francisco, con su esplendor barroco, son espacios que también debes visitar por la zona de la Ribeira.

Resultado de imagen para BolhãoLos barrios de Aliados y Bolhão albergan boutiques, antiguos colmados, cafés con terraza e iglesias barrocas cubiertas de azulejos. Aquí es donde Oporto sale de compras, a comer y a divertirse por la noche, por los bares de moda.  Se puede dar un paseo por la monumental Avenida dos Aliados, de estilo beaux-arts, y luego visitar el Mercado do Bolhão, que abastece de pescado fresco del Atlántico. Al oeste se eleva la Torre dos Clérigos. Subiendo sus 225 escalones se disfrutará de estupendas vistas. Después vale la pena visitar la neogótica Livraria Lello, misma que fue replicada en la saga de Harry Potter.

La zona de Vila Nova de Gaia propone un viaje al nacimiento del oporto, en el s. XVII, las imponentes bodegas en la otra orilla del Duero permiten hacer visitas a los sótanos llenos de barricas, participar en catas (Ferreira, Sandeman, Taylor´s)  o cenar en terrazas con vistas del centro histórico de Oporto. Cruzando el Ponte de Dom Luís I se podrá ver una gran panorámica de la ciudad y del otro lado están las cuestas de Vila Nova de Gaia, donde se puede explorar el Mosteiro da Serra de Pilar, del s. XVII. Desde aquí se puede tomar el teleférico de Gaia y volver a la orilla.

Después de Oporto me transporté en tren a Aveiro, que es un pequeño pueblo conocido como la “Venecia de Portugal”, por las estilo góndolas en las que uno se transporta por el espacio. Es pequeñito, pero bien vale la pena conocerlo, ya que está de paso rumbo a Lisboa y la gente es muy amable.

Mi última parada fue Lisboa, una capital con excelentes enlaces de transporte (metro, tranvía) que hacen muy fácil el traslado por sus múltiples barrios. Bairro Alto y Chiado son dos personalidades muy distintas. Chiado invita a pasar el día comprando en boutiques, visitando galerías y relajándose en cafés. Bariro Alto, desenfadado y fiestero, es un mosaico de callejones repletos de tiendas de estilo cutre-chic, bistrós que abren hasta tarde y pequeños bares.

El Convento do Carmo es una buena introducción a la historia de Lisboa con sus fascinantes ruinas y los hallazgos arqueológicos que atesora. Después se puede ir al río y al Museu do Chiado para ver obras de Rodin y Jorge Vieira. Tras un paseo cuesta arriba o un rápido ascenso con el Elevador da Bica se llega al Miradouro de Santa Catarina.

La Lisboa con la que sueña el viajero: un castillo árabe, callejones adoquinados que serpentean hasta magníficos miradores, casas de colores con ropa tendida, todo eso se puede observar en los barrios de Alfama, Castelo y Graca. En esta parte de la ciudad la vida se vive en la calle.  Hay que visitar Castelo de São Jorge a primera hora para recorrer las murallas árabes sin mucha gente; el tranvía 28 para muy cerca.

Otro de los lugares que no puedes dejar de visitar es el elevador de Santa Justa, con sus 45 metros de altura, conecta la Baixa con el barrio del Chiado y es una de las atracciones turísticas obligadas de Lisboa.

A sólo 6 kilómetros de Lisboa se encuentra Belém, donde se encuentra el sublime Mosteiro dos Jerónimos y la iglesia. Pero lo realmente simbólico es explorar el gran pasado marítimo de Portugal visitando el icono de la era de los descubrimientos, la Torre de Belém.

Y por último, conocida como la Ciudad de los Palacios, Sintra es sin duda uno de los lugares más bellos de Portugal y a sólo 45 minutos en tren de Lisboa. Es un rincón en el que parece que el tiempo se hubiera detenido. Dos de los palacios más importantes: el Palacio da Pena y el Castelo dos Mouros. El lugar más visitado es sin duda el Palacio da Pena, uno de los máximos exponentes del estilo romántico y una de las principales residencias de la familia real portuguesa durante el siglo XIX. Este palacio, que ya forma parte del Patrimonio de la Humanidad protegido por la Unesco, parece estar flotando sobre enormes peñascos y a primera vista, llama la atención su colorido y su original mezcla de estilos arquitectónicos que se debe a la mentalidad romántica de la época, enormemente fascinada por todo lo exótico.  Al Castelo dos Mouros, se puede llegar a pie a través de un espectacular paseo entre promontorios rocosos cuyas vistas se extienden prácticamente hasta el Océano Atlántico. Esta fortificación fue construida en el siglo IX tras las invasiones musulmanas a la Península Ibérica.

Pero el lugar más sorprendente es la Quinta de la Regaleira, esta finca mandada construir a principios del siglo XX por un masón, es conocida por sus extraordinarios jardines repletos túneles subterráneos, murallas, capillas, esculturas, cascadas, cuevas y un impresionante pozo iniciático (que representa el infierno de Dante), la atracción estrella de la quinta.

Cocina portuguesa

Pan recién horneado, olivas, queso, vino tinto o fresco vinho verde (vino joven), oporto, pescado a las brasas, bacalao, carnes ahumadas… Los portugueses han llevado a la Resultado de imagen para cocina portuguesaPperfección el arte de cocinar platos sencillos y deliciosos. Ya sea que comas en las Bodegas, como ellos las llaman, en donde te atiende el dueño y te ofrece vino de la casa en botella a precio accesible y comida del día; prefieras comer en un mercado o tu presupuesto te ajuste para comer en los restaurantes en forma que podrás encontrar en cualquier ciudad de Portugal.

La panadería es uno de los puntos fuertes de Portugal, ya que encuentras tiendas que venden pan por doquier. Las más famosas son los pasteles de nata, y la más reconocida es una pastelería que inició en 1837 en Belém, y hasta la fecha sigue siendo la más reconocida.

Pero son los propios portugueses los que hacen que este país sea tan especial. Pese a su apariencia seca, se pueden encontrar personas amables que apoyan al turista en todo momento.

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