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HAZME TUYA...

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Me sentí, como mínimo, una idiota cuando tuve que colarme en mi propia casa sin ser vista.

Mi hermano, que montaba unas macrofiestas de las que termina todo el mundo a cuatro patas cada vez que mis padres se iban de viaje, me había pedido sin ninguna cortesía que aquella noche desapareciera de la faz de la tierra. Pero en vez de eso, me planté allí con el vestido más bestia y los tacones más altos que encontré en mi armario.


El motivo se llamaba Axel.  Un tío que cualquier padre querría lejos de su hijita. No hace falta explicar lo irresistible que era. Guapo a morir, medio cuerpo tatuado, y ligaba hasta con las máquinas de tabaco, pero le conocía desde siempre, era el mejor amigo de mi hermano, y nadie reparó nunca en lo amable que era en realidad. Excepto yo, que le quería desde la primera vez que se me cayó un helado al suelo con seis años y me cedió el suyo sin pensarlo.

En cuanto me vio atravesar el salón, abrió la boca alucinado. ¡Hurra! El factor sorpresa había funcionado; por el contraste de verme siempre en chándal y con un moño indescriptible en lo alto de la cabeza, Sonreí perversa y me llevé un dedo a los labios rogándole silencio. No quería que mi hermano se enterara. Y sabía que no me fallaría porque, desde hacía tiempo, los dos guardábamos un oscuro secreto: nuestras ardientes miradas. Unas que no le echarías a una chica a la que tienes catalogada de intocable. Porque Axel nunca me pondría un dedo encima, para él era el fruto prohibido, pero esa noche me había propuesto que cayera en la tentación.

Hui hacia mi habitación rezando para que me siguiera. Fue un minuto interminable. Ya creía que no aparecería cuando la puerta se abrió y  se coló en mis dominios. Sentí un alivio inmenso que pronto se transformó en seguridad. Me preguntó qué estaba haciendo allí y le respondí con chulería que ya lo sabía… Se hizo un silencio crítico. Su respuesta lo decidiría todo, y cuando cerró los ojos con culpabilidad pero sin rechistar, supe que ya era mío.

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Me acerqué a él como lo haría una pantera, lentamente, y se quedó paralizado como lo haría ante tal carnívoro, estaba claro que tendría que ser yo la encargada de hacerle perder el juicio, ¡y lo lograría! Comencé a desabrocharle la camisa con calma sin perder contacto visual. Se la bajé despacio por sus hombros rozando sus piel, y con esa simple caricia, su respiración se aceleró.

Pero todavía podía pensar. Era el momento de dejarle K.O., así que deslicé mi vestido elástico hasta el suelo quedándome únicamente con un tanga negro. Le vi tragar saliva y resoplar. En respuesta me encajé en su cuerpo rozando mis pechos contra sus costillas. Ya estaba perdido. Me rodeó con sus brazos, y sus manos cobraron vida propia surcando mi piel hasta mi cara. Nos miramos a los ojos y juntó su frente con la mía. Estaba a punto de rendirse, pero tenía dudas. Alcé una plegaria y de repente lo hizo. Dejó caer su boca hasta la mía para besarme con una dulzura que jamás creí posible. Fue un beso… de los que te hacen levantar los dos pies del suelo abrazada a un chico guapo. La puta perfección, vaya. La que dejas de buscar porque crees que no existe. Le agarré del cuello con fuerza y le acerqué más a mí. Ya podía morir tranquila. Y quería hacerlo, pero con él enterrado en mi interior.

Un frenesí desconocido se apoderó de nosotros y terminamos en la cama sin despegar las bocas intentando arrancarnos la poca ropa que nos quedaba a zarpazos. Axel estaba excepcionalmente nervioso. Sobre todo cuando rodeé su cintura con mis piernas y nuestros sexos se rozaron. Gemí rompiendo el contacto con sus labios y me puse a temblar cuando comprobó mi humedad. Escondí la cara en su cuello e intenté mantener la calma mientras el corazón me iba a mil por hora. Nos movimos un poco,  y jadeamos al sentir como mi cuerpo le absorbía por completo. Tras el pellizco inicial, las primeras embestidas resultaron tan placenteras que me entraron ganas de llorar. Nos besamos sobrepasados. ¡Estaba ocurriendo! Todo mi cuerpo se sostenía en una tensión desconocida que iba más allá de lo físico.

Era tan emotivo… Atrapé su boca con vehemencia y nuestras lenguas se pelearon con pasión. Notaba que Axel no aguantaría mucho porque soltó un gruñido y emprendió un movimiento salvaje que desembocó en un ritmo duro y exigente. Sus manos fueron a mis nalgas para presionarme más contra él, parecía querer meterse en mí y no volver a salir nunca más. Me escuchó musitar su nombre, y fue el pistoletazo de salida para dejarnos llevar y caer en una espiral de delirio. Casi me pierdo en el limbo de un placer tan crudo. Aquello era excesivo. Una experiencia metafísica. Un ritual en el que sentí que habíamos dejado nuestra marca, nuestro sello, nuestra firma, el uno dentro del otro. Y me di cuenta de que los sueños están ahí, esperando a que los alcances, y pueden hacerse realidad si tienes el valor de perseguirlos.

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POR: ANNY PETERSON

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Publicado en LV-Romance